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El Niemeyer encalla también en la Junta

La posibilidad de legislar una norma que regule el funcionamiento del centro Niemeyer va camino de atascarse en la Junta General del Principado.

Socialistas y populares reconocen en privado las dificultades jurídicas de la propuesta. Esa sería la única opción para obligar al Ejecutivo de Álvarez-Cascos a devolver a la Fundación del Niemeyer la gestión de los edificios del centro cultural de la ría. Sin embargo, el planteamiento inicial de la iniciativa, impulsada por la plataforma ciudadana «Yo apoyo al Centro Niemeyer», encierra complicaciones debidas a las propias limitaciones del parlamento asturiano para aprobar que se constituya una fundación de carácter privado con participación pública.

Al tiempo que comienza a agotarse el «plazo de cortesía» que la oposición ha dado al gobierno regional para que asuma en solitario la gestión del Centro Niemeyer y empiece a programar actividades, se ensombrece más y se siembra de interrogantes el futuro de la Fundación que hasta ahora desempeñaba esas tareas.

Ya los servicios jurídicos de la cámara recomendaron desestimar la propuesta de ley presentada por la plataforma «Yo apoyo al Centro Niemeyer». Esta propuesta tenía como objetivo que la Junta legislase sobre el régimen de funcionamiento del complejo cultural de la ría y estableciese que su gestión quedase en manos de la Fundación que dirige Natalio Grueso. Además, la propuesta de ley regulaba la composición de esta entidad, que estaría como hasta ahora participada por el Gobierno regional, el Ayuntamiento de Avilés y la Autoridad Portuaria avilesina. El borrador de ley elaborado por la plataforma ciudadana establecía además el reparto de asientos en el patronato rector de la Fundación, así como los mecanismos de control y auditoría. Y señalaba también el régimen privado de la entidad y la forma en que podían incorporarse patronos privados.

Los letrados de la Junta General recomendaron a los grupos parlamentarios desestimar esta iniciativa y, pese a que contaba con el respaldo inicial de PSOE y PP, el borrador legal terminó devuelto a sus impulsores. El motivo del rechazo estaba en la imposibilidad de que una norma promovida por ciudadanos modificase el régimen jurídico de otras instituciones o las obligase a estar presentes en un patronato.

Ante esta situación, la plataforma «Yo apoyo al Centro Niemeyer» se mostró más favorable a que fuesen los grupos parlamentarios los que impulsasen una ley para el complejo cultural. De aprobarse, obligaría al gobierno de Álvarez-Cascos a devolver la gestión a la Fundación del Niemeyer y esta sufriría modificaciones estatutarias con el objetivo de hacerla «más transparente y participativa». Y aunque inicialmente el PSOE y el Partido Popular mostraron entusiasmo con esta vía, las complicaciones jurídicas que encierra vuelven a sembrar dudas.

En concreto, según reconocieron fuentes parlamentarias, la Junta General no tendría capacidad para constituir una fundación de carácter privado. De impulsar una fundación, esta debería ser pública y, además, con una participación mayoritaria y preponderante del gobierno regional. Sí podría invitar a otras instituciones a adherirse, pero en ningún caso el parlamento podría forzarlas a participar en ellas. Pero tanto PSOE como PP consideran que la gestión del Niemeyer debería seguir los principios del régimen privado, por agilidad y operatividad. Esta posibilidad cabe en la constitución de una empresa pública o entidad similar, pero en ese caso el control exclusivo estaría en manos del Principado.

Con todo, populares y socialistas no desisten y están dispuestos a mantener el pulso político en torno al Centro Niemeyer. Así, consideran que pese a las complicaciones jurídicas, la plataforma ciudadana debería impulsar, con todo, la campaña de recogida de firmas. Al menos, para forzar al parlamento a instar al Ejecutivo de Álvarez-Cascos a reconsiderar la situación. Pese a que esta fórmula no obliga al Gobierno regional a asumir ese requerimiento, la campaña de recogida de firmas «mantendría vivo el problema y reflejaría el malestar de los ciudadanos con este asunto», señalaron fuentes parlamentarias.

Después de meses de disputa por el control del patronato del Niemeyer, el futuro del centro cultural de la ría y de la fundación que lo gestionaba permanece lleno de dudas. El Principado ha asumido en solitario la gestión del complejo mientras la desalojada Fundación Niemeyer no tiene resuelta su continuidad jurídica. Mientras el gobierno regional trata de estructurar una programación de la que por ahora nada se conoce e intenta sostener un complejo arquitectónico que no puede llevar el nombre de su arquitecto, la Fundación Niemeyer sigue enfangada en la batalla legal. El Registro de Fundaciones, dependiente de la consejería de Cultura, ya desestimó con carácter definitivo las modificaciones estatutarias que, bajo el gobierno de Álvarez Areces, buscaban blindar a la Fundación del Gobierno regional y convertirla en una entidad de mayoría privada. Esa situación mantiene a la entidad en un limbo jurídico.

Mientras el Principado no reconoce los cambios estatutarios, el Ayuntamiento de Avilés y los gestores consideran que sí son efectivos. Sólo una reunión del patronato podría resolver la encrucijada. El presidente de la Fundación Niemeyer, el músico asturiano Manolo Díaz, señaló a LA NUEVA ESPAÑA que prevé convocar el patronato en semanas, pero añadió: «Si puedo». En cualquier caso, la Fundación debe hacer frente a deudas con proveedores y a las posibles reclamaciones del Principado para que devuelva subvenciones por valor de 1,5 millones de euros. Todo parece indicar que sólo un acuerdo político último, tomado en el seno de la entidad, podría rescatarla de la agonía de la inactividad. Mientras, las instalaciones del centro cultural de la ría acogen únicamente visitas guiadas sin que se conozca por parte del Principado un plan de actividades inminentes.

Puedes leerlo en “La Nueva España”

Valores por encima de inteligencias

Howard Gardner destaca en una charla con Eduard Punset la necesidad de una educación personalizada que identifique las capacidades y forme individuos responsables

«Yo no quise asesinar el cociente intelectual», confesó ayer el psicólogo Howard Gardner ante un expectante público en el avilesino teatro Palacio Valdés. Pero aunque intentase exculparse en presencia del polifacético divulgador Eduard Punset, lo cierto es que él fue uno de los primeros en acuchillar la idea de que la inteligencia se fundamenta únicamente en memoria y habilidades matemáticas o lingüísticas. Antes de la irrupción de la denominada «inteligencia emocional» que popularizó en 1995 David Goleman, ya Gardner expuso en 1983 que la inteligencia no era una, sino muchas. Pero en su coloquio con Punset fue más allá y proclamó -a pregunta de una joven del público- que «los valores son más importantes que la inteligencia».

Según Gardner, el cerebro humano encierra ocho tipos de inteligencia (siete en la formulación original de la teoría): inteligencia lingüística, lógico-matemática, visual-espacial, musical, corporal-cinestética, intrapersonal, interpersonal y naturalista. Cada una de ellas es independiente del resto pero para afrontar diferentes talentos o problemas pueden intervenir varias. El desarrollo de esas inteligencias es diferente en cada individuo, de modo que el reto educativo es potenciar las específicas.

Howard Gardner expuso qué le llevó a formular la teoría de las inteligencias múltiples a principios de la década de los ochenta del pasado siglo. «Entonces yo estudiaba a niños con talentos artísticos y a adultos con daños cerebrales. Me pasaba el día de camino a colegios y a hospitales. Comprobé que había niños superdotados en música, pero con dificultades de lectura, o personas geniales en matemáticas que se perdían de camino a casa. Por otro lado, al analizar personas que habían sufrido ictus comprobé cómo les afectaban los daños en las distintas partes del cerebro», explicó. Con la reflexión sobre esos datos, pasada por el filtro de estudios antropológicos y de otras disciplinas, Gardner enunció la idea de que en el cerebro no existe una única inteligencia cuantificable, sino hasta ocho inteligencias.

«Aun diría que puede haber nueve o diez. La novena sería la inteligencia existencial, que lleva a formular grandes preguntas trascendentes; la décima, la pedagógica, la capacidad de comunicar el saber», añadió. Su salto fue identificar esas capacidades como verdaderas inteligencias y no meros talentos. «El cerebro no es un ordenador, sino que son varios», resumió. Y se preguntó: «¿Por qué los que tienen habilidades matemáticas van a ser inteligentes y los que tienen otras simplemente talentosos?».

En un mundo conectado, inmersos de pleno en la sociedad del conocimiento, Gardner cree que ahora es posible personalizar la educación «más que en ningún otro momento de la Historia». «Antes sólo los muy ricos tenían un tutor personalizado, pero ahora no tenemos que enseñar todo igual a todo el mundo: hay muchas formas de aprender y enseñar», destacó. Y ante esa evidencia indicó irónicamente que «los ministros de Educación son los únicos que no entienden que vivimos en este tiempo».

Gardner lidera el denominado «Good Work Project» (Proyecto del trabajo bien hecho), junto con William Damon y Mihaly Csikszentmihalyi (ante la incapacidad de Punset para pronunciar este nombre el nuevo premio «Príncipe» de Ciencias Sociales hizo un ejercicio práctico de docencia). Este proyecto reflexiona sobre cómo lograr trabajadores no sólo excelentes sino con un comportamiento responsable, y pretende ser un lugar de encuentro sobre cómo formar personas que proyecten sus capacidades.

El psicólogo estadounidense señaló que una de las claves para enseñar a desarrollar la inteligencia que emana de las emociones es «con modelos humanos». «Cuando fui padre descubrí dos cosas: la primera, que los niños nunca escuchan lo que dices pero se fijan en lo que haces; la segunda, que nada de lo que se dice en la mesa a la hora de la cena se olvida jamás», indicó gráficamente. Esto es, el ejemplo y el reconocimiento público de los errores son la mejor forma de enseñanza.

Pero quizás uno de los mensajes más destacados del coloquio fue la idea de que la inteligencia no es moral. «La inteligencia puede emplearse con fines negativos: Goethe y Goebbels eran muy destacados en su habilidad lingüística», recalcó. De ahí que a su juicio «no es suficiente tener inteligencia».

La nota musical al encuentro la puso el grupo «Maldita Nerea», que interpretó el tema «En el mundo genial de las cosas que dices». Su cantante, Jorge Ruiz, logopeda, señaló que el concepto de las inteligencias múltiples le fue útil a la hora de poner en marcha su grupo. La clave: aunar inteligencias diversas para lograr una perfecta combinación de talentos.

 

(Puedes leerlo en La Nueva España)

SMS

El fallo en el proveedor de servicios de Blackberry, que nos ha tenido en vilo y maldiciendo a los usuarios, me ha recordado un cuento que escribí hace años. También en esta ocasión los servidores informáticos empezaron a hacerse los remolones y a demorar el envío de información, aunque ahora los SMS parece que van camino de pasar a la historia.

 

SMS 

Los amigos pasaban por casa con excusas innecesarias y ridículas; su madre o su suegra se empeñaban en aparecer y limpiar o planchar; en la oficina le descargaban de trabajo, y Eva y Antonio le informaban de las novedades en el cine. Pero él se encerraba en el piso al llegar del trabajo, acaso ponía la tele, quizás un disco, casi siempre una copa. Y se iba a la cama. Así pasó una semana, dos, un mes desde la muerte de Ana; los armarios y cajones la devolvían como un fantasma súbito y doloroso.

Al cabo de los días cobró del seguro de la empresa en que trabajaba ella: aun siendo un simple atropello, Ana había estado en París toda aquella semana para cerrar un contrato importante y complicado. Tras casi ocho días había logrado que el cliente firmase, pero nunca llegó a tomar el avión de regreso.

Un martes, a las tres de la tarde, recibió el primer mensaje en el móvil: “Hola, ¿cómo lo llevas?”. Su mirada se heló al comprobar que era el número de Ana. Llamó a la empresa de telefonía y le garantizaron que aquel contrato se había dado de baja, quizá fuera un error. Intentó olvidarse del asunto, pero dos días después el teléfono volvió a pitar: “Esto es un rollo, pero pronto iré a casa. Te compraré algo si eres bueno”. Él marcó el número de Ana, pero la voz grabada le devolvió que no correspondía con ningún cliente. Una semana más tarde irrumpió el tercer mensaje: “¿Te arreglas bien? Yo estoy harta de comer fuera”.

Llamó a información, sorteó las primeras confirmaciones de imposibilidad de las teleoperadoras y exigió hablar con alguien que pudiera ponerle razones a todo aquello. Finalmente, un técnico escuchó otra vez su relato. Le aseguró que el número no se había asignado a ningún nuevo cliente. “¿Su esposa le enviaba muchos mensajes?”, le preguntó. “Sí, le encantaban, era como una forma de sentirse cerca”. “Bien”, dijo el experto, “cabe una explicación; remota, pero posible”. Le habló de servidores informáticos que almacenan los mensajes sólo un corto tiempo hasta que se envían, que a veces retienen alguno más de lo debido, y le dijo que lo sentía.

Al día siguiente recibió el último: “Mañana llegaré a las siete, ¿me esperarás en el aeropuerto?”. Él se echó a llorar. Sabía que pese a todo, al día siguiente caminaría buscando entre la gente, en las terminales, en cada abrigo, en cada falda.

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